Bueno, bueno, seguro que mis escasos lectores (soy consciente de que no todos los seguidores resultan ser luego lectores) empezaban a preguntarse si no habría abandonado por segunda vez el blog. Evidentemente no, pero el caso es que llevo varias semanas empezando a introducirme en un nuevo (para mi) y fascinante mundo: la cetrería.
Todos sabemos (o creemos saber, porque realmente no tenemos ni pajolera idea) lo que es la cetrería. En ocasiones hemos visto alguna rapaz adiestrada, en el cine o la televisión; los más afortunados incluso han asistido a una exhibición de rapaces en alguna feria. Pero amigos, la sensación de recibir a un ave de presa en tu brazo, observando privilegiadamente la perfección de su vuelo al acercarse a ti, es algo maravilloso e indescriptible. Recapitulamos.
Obviamente, por trabajo y afición, siento una fascinación por las aves salvajes, especialmente por las rapaces. Muchas veces (algunas ya os las he contado y otras no) me he quedado observando a los halcones peregrinos volando en torno a su cantil, o a los cernícalos capturando langostas y libélulas en los campos; ya contamos aquí la majestuosidad del águila real. Pero estas observaciones, pese a ser preciosas, tenían un "defecto": nunca puede acercarse uno en exceso al animal, observar de cerca el brillo de sus plumas, la fuerza de sus garras o la inteligencia de sus ojos. Así que de ahí a empezar a indagar sobre la cetrería había un paso.
Arte milenario